Esta fotografía ha recorrido poco más de 150,000 millones de kilómetros. Forma parte de la selección de imágenes y sonidos contenidos en el ‘disco de oro’ a bordo de las sondas espaciales Voyager I y II; en caso de que alguna civilización extraterrestre lo encuentre, se dará cuenta del aspecto que tenemos y los sonidos que emitimos. Entre la galería del sitio de la NASA, se encuentra una foto que luciría mas bien perturbadora a la vista de una inteligencia alienígena:
Demonstration of licking, eating and drinking, NAIC. Imagen NASA
Pero este no ha sido el único intento por enviar mensajes que anuncien nuestra existencia y describan los hábitos y costumbres que nos caracterizan. La inquietud por comunicarse con otro planetas ha llevado al hombre a crear auténticos ‘mensajes en la botella’, en el sentido que no estamos seguros si estas transmisiones serán encontradas, y mucho menos si los receptores puedan interpretarlas adecuadamente. Uno de los antecedentes más famosos es el mensaje de Arecibo, una secuencia de 210 bytes de información enviada en 1974 desde el famoso radiotelescopio del mismo nombre ubicado en la isla de Puerto Rico. Su destino es el cúmulo estelar Messier 13, a 25,000 años luz. Quienes reciban esta ‘carta’ se encontrarán con una especie de jeroglífico electrónico en código binario que describe nuestro sistema de numeración, código genético y aspecto.
El dato curioso es que en el mensaje de Arecibo y el contenido del ‘disco de oro’ de las misiones Voyager, la curaduría corrió a cargo de equipos coordinados por el famoso astrónomo y divulgador científico Carl Sagan.
Imagen decodificada del mensaje de Arecibo (1974); la transmisión binaria no tiene información en color. Fuente: Wikimedia Commons
una canción bastante apropiada: Across the Universe de los Beatles, que cumplió 40 años de ser creada (y 50 años del lanzamiento del primer satélite artificial estadounidense); la grabación viaja en este momento a la estrella Polaris (estrella del norte) a 431 años luz de la Tierra.
Cuarto de control del Jet Propulsion Laboratory al momento de enviar la canción Across the Universe. Imagen: NASA
Aunque estos nobles mensajes han recibido el respaldo total de los gobiernos y la simpatía del público, otro mensaje enviado este año parece haber afectado la conciencia de muchos.
Como una forma de recabar fondos para su programa de radioastronomía, la Universidad de Leicester, Reino Unido, lanzó una convocatoria en asociación con la empresa de botanas que maneja la marca Doritos; los participantes crearían un anuncio comercial en video que sería enviado al espacio como embajador de nuestro planeta. Esto sacó ronchas a más de un científico, e incluso el término ‘prostitución de la ciencia’ salió a relucir en los debates; el propio escritor Warren Ellis (autor de Transmetropolitan) escribió en su blog una entrada con el título Inviting Death from Space, en el califica este acto como algo que habla de la inmadurez de nuestra especie. De cualquier manera, el pasado 12 de junio enviaron el video ganador codificado hacia el sistema 47 UMa, en la constelación de la Osa Mayor, a 42 años luz de distancia. Aunque muchos se lamentan por esta decisión, en realidad creo que no hay mejor manera de decirles a otros seres la clase de mundo que hemos construido; en el video, un grupo de Doritos (los famosos pedazos de tortilla recortados en triángulos), se comportan como una tribu primitiva que le rinde culto a la salsa que los acompaña. En este sentido, no veo mucha diferencia con la foto de la chica en el supermercado; la sociedad occidentalizada tiene buenas representaciones sin recurrir a una elaborada metáfora, las imágenes son contundentes: somos lo que consumimos, y nos tragamos cualquier cosa. Lejos de cualquier percepción negativa, los extraterrestres se podrán reír bastante de la ingenuidad humana y podrán imaginarse la manera tan infantil en la que tratamos a nuestro planeta. Quizá hasta sientan curiosidad por contactarnos, o en el mejor de los casos, al recibir el anuncio de unos nachos que danzan alrededor de un dip, podrían pensar que estamos en graves problemas y acudirán de inmediato en nuestra ayuda.
Algunos tenemos un miedo irracional a los insectos, mientras otros se portan indiferentes a su presencia. Además de los entomólogos, hay gente que no solo gusta observarlos, sino que interactúa con ellos de maneras sorprendentes, basta con recordar a los que forman ‘barbas’ en su rostro con cientos de abejas (malditos freaks).
Las larvas de los insectos del orden de los tricópterosson acuáticas, y para desarrollarse algunas construyen pequeños refugios en forma de estuche o tubo con granos de arena, ramas, fragmentos de conchas y otros objetos que encuentran en su entorno, todo adherido por una fina capa de seda; una vez dentro empupan y surgen a la etapa adulta con una forma similar a las polillas nocturnas. El artista francés Hubert Duprat (1957), quien se sintió fascinado por estos insectos desde niño, tomó con cuidado algunos especímenes en estado larval y los colocó en una pecera llena de pequeñas piezas de oro, perlas, ópalos, lapis lazuli, coral, rubíes, zafiros y diamantes. El resultado son estos singulares capullos de joyería que dan pie a una discusión, ¿el insecto es un instrumento al servicio del artista quien solamente le provee de la materia prima? (Vía Cabinet Magazine) Inquieto por mi descubrimiento, realicé una búsqueda con el tema de los ‘insectos en el arte’ y me encontré con ejemplos que consideré burdos; la obra de los tricópteros de Duprat es más elaborada y menos intrusiva en comparación a los sujetos que mojan con pintura las patas de escarabajos para crear cuadros abstractos, en una especie de pinceles vivientes.
En todo caso, si van a interrumpir su ciclo de vida, prefiero lo que hacen los científicos: en marzo de este año, el DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), el laboratorio civil patrocinado por el ejército de Estados Unidos, anunció que desarrollaba insectos cyborgs para realizar operaciones de reconocimiento. El secreto era insertar MEMS (acrónimo para sistemas micro-electromecánicos), dentro de las larvas de insectos voladores para que de esta manera su organismo creciera adaptado a estos (Vía Wired). Lo que no han resuelto es que las criaturas vivan lo suficiente para el momento en el que se les necesite, pero un investigador del Georgia Tech asegura haber resuelto el problema aunque no especifica como. Lo más interesante es el asunto para controlarlos remotamente: por medio de feromonas, y en un caso extremo con interfaces neuronales. Estos es rock. Extraño las películas de monstruos gigantes, ¿qué hay de las tarántulas, hormigas y polillas desproporcionadamente enormes? Literalmente grandes metáforas de las armas de destrucción masiva.
Las diferencias culturales respecto a los insectos se pueden percibir en dos clases de artefactos diseñados para su contemplación. Los chinos y los griegos se sentían fascinados por el canto de los grillos; eran mascotas muy preciadas y formaban parte de su mitología. En los poemas de Teócrito de Siracusa (310-250 a.C.) se encontró la palabra akridothera, que se refería a una jaula para estas criaturas. También Erinna, una discípula de Safo de Lesbos, describe alrededor del año 600 a.C. su lamento por la muerte de un insecto cantor cautivo. Este era el aspecto de aquellos contenedores:
En China, la tradición de tener grillos en jaulas empezó con la dinastía T’ang (618-907), para que los dueños pudieran colocarlos al lado de la cama y disfrutar de su canto; son símbolos de buena suerte, emblemas del verano y metáfora del valor. Se cree que la costumbre la iniciaron las damas de la corte imperial y el pasatiempo se extendió, hasta que durante la dinastía Ming (1368-1644) los grillos eran criaturas tan preciadas que se les alabó en poemas y fueron objeto de estudios académicos. Para mantenerlos, los artesanos elaboraron hermosas canastas, jaulas y contenedores, especialmente una vasija generalmente adornada con vistosos dibujos y que a la fecha se pueden encontrar en los mercados chinos. La pelea de grillos se convirtió en un pasatiempo popular que se desarrolló a partir de la dinastía Sung (960-1279).
Contenedores de grillos, dinastía Ch'ing (1644-1912). Vasija labrada y decorada con incrustaciones de marfil y carey. Imagen e información: Minneapolis Institute of Art.
Ring para pelea de grillos; los contrincantes se introducen por la puerta pequeña, en medio hay una tabla para separarlos y es levantada para que inicie el combate. Imagen e información: Minneapolis Institute of Art.
Para los estadounidenses de siglos pasados, la idea de tener un insecto como mascota resultaba un poco extraña, aunque la excusa del propósito científico justificó el invento de Frank Eugene Austin, profesor de ingeniería eléctrica en la escuela de ingeniería del Darthmouth College, E.U.; en 1937 patentó un contenedor escénico para insectos sociales: la famosa granja de hormigas, conocida como la Austin Ant House, tan popular que se surtían pedidos de 400 contenedores diarios. Aquí se pueden consultar los detalles de la patente (Vía Google Patents).
Austin era un inventor prolífico, y llegó a diseñar las vallas para las carreras de obstáculos de las Olimpiadas de Berlín en 1936. Además, se cuenta que fue parte del grupo de tres personas que fungieron como testigos del primer uso de los rayos X en Estados Unidos.
Mientras tanto, en México nos comemos a los grillos y la canción popular más conocida en el mundo es La cucaracha.
Imagen encabezado: Tiger Moth (1984) de Rodney Matthews
En el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, España, los organizadores de la exposición Autopsia del nuevo milenio dedicada a James Graham Ballard lanzaron la convocatoria para un nuevo concurso de cortometraje de un minuto de duración, grabado con teléfono celular y cuya temática sea, por supuesto, ballardiana. Este será la continuación del Primer Festival de Videos Caseros Ballardianos, que cerró en febrero pasado, organizado por el australiano Simon Cellars y su sitio de internet, parada obligatoria para encontrar cualquier referencia al trabajo del escritor inglés. Pero ¿qué tipo de imágenes serían calificadas como ballardianas?
Si lo entendemos por su definición del diccionario suena bastante sencillo, aunque es un poco más complicado: Referente a James Graham Ballard (J. G. Ballard; nacido en 1930), novelista británico, o a su obra. (2) Que se parece o sugiere las condiciones descritas en los relatos o novelas de Ballard, esp. la modernidad distópica, los desoladores paisajes creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o ambiental.
Para recordar el relato Mitos del futuropróximo, donde los astronautas son vagabundos que habitan un derruido Cabo Cañaveral, basta con echar un vistazo al famoso ensayo fotográfico de Jonas Bendiksen, sobre el cementerio de naves espaciales en Kazajastán, compuesto básicamente por cohetes de impulso que han caído en aquella zona después de cumplir su misión y donde incluso las vacas han muerto por consumir pasto contaminado por el combustible de aquellos vehículos.
Otro ejemplo que recuerda su ciclo Crash-La isla de Cemento podría ser el video Vista 8 de Ben Slater, ganador de la primera edición del concurso antes mencionado.
Este es otro ejemplo que dan los organizadores para los que quieran participar en la segunda edición del concurso, titulado Road Research de Aleix Pitarch que muestra, en palabras del autor, la imagen de un fragmento de la realidad en crudo. Pitarch tuvo el gran detalle de incluir las coordenadas geográficas de la zona donde tomó la escena para buscarlas en Google Maps (+41° 30′ 57.10″, +2° 12′ 27.18″).
Pero quiero ligar el tema que traté en el post anterior; en ciertas novelas de Ballard el hombre debe lidiar con fenómenos extremos que han transformado su entorno y lucha para sobrevivir a las nuevas condiciones sociales impuestas (La sequía, El día de la creación). A diferencia de sus incursiones dentro de la neurosis urbana en otros trabajos, me llamó especialmente la atención aquel tipo de escenarios decadentes donde transcurren algunas de sus novelas (el cartel diseñado para la exposición en Barcelona muestra el chasis oxidado de un auto en el desierto), que demuestran el fracaso de la tecnología y el esfuerzo inútil del hombre ante la embestida de los elementos. Los casos y sus respectivas imágenes que incluyo a continuación los considero ballardianos por las circunstancias que los envuelven.
El hotel de corte futurista abandonado en el pueblo costero de Sanzhi, Taiwán, es una joya. Las fotografías son de Craig Ferguson, quien descubrió este peculiar complejo turístico de la década de 1960 que nunca fue terminado; después de numerosos accidentes mortales la obra quedó inconclusa, y nadie se atreve a demolerlo, pues se dice que las almas de aquellas personas aun rondan por ahí.
Una catástrofe tecnológica que desplaza a los humanos: la ciudad de Prypiat, Ucrania, de 50,000 habitantes, que fue evacuada debido al accidente en Chernobyl de 1986 y la tragedia ecológica del Mar Aral, donde las descargas de químicos mataron a la fauna y la desviación de los ríos adyacentes lo convirtieron en un incipiente desierto salino (se pueden ver grupos de camellos rondar por aquella zona). En el sitio de internet de Prypiat que han creado sus habitantes se pueden encontrar imágenes de una terrible belleza.
Parque infantil, Prypiat, Ucrania
Salón de clases, Prypiat, Ucrania
Zapato con musgo, Prypiat, Ucrania
Barco varado en los restos del mar Aral
En el magnífico sitio Fogonazos, encontré una peculiar entrada titulada Playas Fantasma de Mauritania; en la bahía de Nouadhibou han sido abandonados tantos barcos que se convirtió en el mayor depósito de naves chatarra en el mundo. Las imágenes de satélite son increíbles. En realidad, no hay nada más desconcertante que un barco, una mole de acero, varado en la playa. Con esto recuerdo el cuento 'El gigante ahogado'.
Nada más bizarro que un zoológico abandonado; gracias a Vision Beta me enteré de este caso en Sudáfrica: el parque zoológico de Rhodes fue cerrado en la década de 1970 por negligencia en el trato de los animales y por encerrar a estos en espacios muy pequeños. La galería completa aquí.
Para terminar, la noticia de la próxima transformación del edificio que albergara los Laboratorios Bell en Holmdel, Nueva Jersey, Estados Unidos, es de lo más significativo y por supuesto ballardiano; el sitio donde nació buena parte de la tecnología que hoy disfrutamos (el primer satélite de telecomunicaciones por ejemplo), y donde trabajaron seis personas acreedoras al premio Nobel, será convertido en un complejo de departamentos; el colmo sería que este fuera similar al edificio autosuficiente de la novela Rascacielos.
Explanada en el interior del edificio de los Laboratorios Bell, Holmdel, Nueva Jersey, E.U. Foto: New York Times
La foto del encabezado es parte de la serie Writers Room del sitio de internet del periódico inglés The Guardian; varios escritores muestran el lugar donde suelen trabajar y quienes aun viven hacen una descripción del mismo y de su rutina de trabajo. La imagen incluida corresponde al estudio de J.G. Ballard, donde ha trabajado en los últimos 48 años. Recordarlo en esta época cobra especial importancia, pues debido al cáncer de próstata que padece no se sabe con exactitud cuántos años de vida le queden.
Ballard es un autor extraordinario y fascinante, quien nos sugiere precaución ante el desenfrenado culto a la modernidad y al status social, para recordarnos que antes que nada somos simplemente unos mortales con aspiraciones a héroes mitológicos; la tecnología abandonada a la interperie es un signo de nuestras limitaciones, el mito de Ícaro materializado; al tratar de alcanzar el sol, el calor ha derretido nuestras alas, y Ballard en sus trabajos lleva esta metáfora al extremo. Nada mal para una persona que vivió su niñez en un campo de prisioneros japonés en la Segunda Guerra Mundial, resulta una reflexión bastante coherente –y necesaria para la época en que vivimos–.
Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para soltar las riendas de la verdad dentro de nosotros, para demorar la noche, para trascender la muerte, para congraciarnos con los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.
Para el año 2100 el nivel del mar podría aumentar hasta seis metros y desplazar a millones de personas. En caso de una catástrofe, ¿cuál será el escenario que presenten las ciudades abandonadas? En los últimos meses, dos ejercicios gráficos en Inglaterra y Japón dieron con la creación de una serie de imágenes post-apocalípticas donde la naturaleza ha invadido las grandes urbes. Por alguna razón, el tema de las ruinas estaba en el aire.
Aunque muchos nos hemos familiarizado con el tema de nuestra civilización desmembrada gracias a películas y cómics, me parece que de alguna manera este tiene su origen en una variante del capriccio (capricho) italiano del siglo XVIII; ilustraciones de temas fantásticos, que en ciertos casos, inspirados en el aspecto de templos y otros edificios en ruinas del antiguo imperio romano, muestran paisajes con edificios reales junto a otros imaginarios, algunas veces en estado decadente. Pintores italianos como Canaletto (1697-1768) o Guardi (1712-1793) inspiraron al paisajista francés Hubert Robert (1733-1808) para crear escenarios insólitos, como el aspecto del Museo del Louvre años después de un cataclismo (abajo); fue tal su fascinación por los grandes monumentos en estado de deterioro que se le conoció como Robert 'de las ruinas'.
En el siglo XXI, el despacho inglés Squint Opera imaginó el aspecto de Londres a 80 años en el futuro; Flooded London muestra una ciudad donde la gente se ha adaptado a vivir entre las calles repletas de agua y edificios derruidos. El trabajo fue presentado durante el Festival de Arquitectura de Londres 2008, para el que se utilizó fotografía, modelismo en 3D y manipulación digital.
Estas obras recuerdan la visión del ilustrador Joseph Michael Gandy (1771-1843) a instancias del arquitecto británico Sir John Soane (1753-1837) del Banco de Londres en ruinas (1830), un clásico (abajo).
Imagino la sorpresa que se llevó el sacerdote español Andrés de Avedaño y un grupo de exploradores que lo acompañaban al encontrar por accidente en la selva de Petén las ruinas mayas de Tikal en 1695. Años después, el artista y arquitecto inglés Frederick Catherwood (1799-1854) ilustraría detalladamente los restos de la civilización maya para los libros del explorador estadounidense John Lloyd Stephens (1805-1852), que ayudarían a fomentar el interés por esta cultura.
En 2008, el estudio Tokyo Genso imaginó la capital de Japón abandonada, con dibujos que recuerdan el estilo de animación japonesa.
En el mismo tenor, Hisaharu Motoda creó una serie de litografías tituladas, apropiadamente, Neo-Ruins.
Estos trabajos tienen las mismas características de las imágenes de Keen Brown para el libro The World Without Us, de Alan weisman (abajo), un interesante texto donde analiza las consecuencias del abandono urbano y las describe con lujo de detalle.
Esto será el ruinenwert, el 'valor de ruinas' propuesto por el arquitecto del Tercer Reich, Albert Speer: los grandes edificios de un poderoso imperio sobrevivirán a sus pobladores para dejar constancia de su grandeza. Así que de alguna manera podemos calcular el precio que podría pagarse por ellas. En la mitología hollywoodense, la vista de la Estatua de la Libertad, desde El planeta de los simios hasta El día después de mañana, se ha convertido en uno de los fetiches del cine de catástrofe futurista por excelencia.
Una caricatura de la década de 1980, Thundarr el bárbaro (1980-1984), se desarrolla en escenarios que recuerdan las viejas glorias de una 'extraña' civilización; en el año 1994, un planeta pasa entre la Tierra y la Luna, acabando así con los hombres y sus ciudades, hasta que en el 3994 resurge la vida. Como dato irónico, uno de los capítulos transcurre entre las ruinas de Chichen Itzá, Yucatán, específicamente en la pirámide de Kukulcán.
En estas visiones de las ruinas del futuro, el proyecto The City, de Lori Nix, es ejemplar; si las maquetas en arquitectura son una representación de proyectos a realizar, Nix las usa en el mismo sentido que Gandy y Soane para revelar de manera épica un trágico futuro.
Ahora que somos totalmente dependientes de la tecnología, no nos percatamos de la fragilidad de nuestro entorno (o al menos fingimos no darnos cuenta), pero sobre todo de lo vulnerables que podemos ser ante la fuerza de la naturaleza y el paso inexorable del tiempo. Quizá sea, como menciona Andreas Huyssen en su interesante texto La nostalgia de las ruinas, que la obsesión por contemplarlas se el encubrimiento de la nostalgia por una etapa temprana de la modernidad, cuando todavía no se ha desvanecido la posibilidad de imaginar otros futuros.