viernes, mayo 16, 2008

Llave eléctrónica


Desde que nos cambiamos de casa hemos notado que los vecinos son un tanto especiales (o debería decir espAciales). Sus quejas, en proporción a dos o tres por mes, algunas más absurdas que otras, son un signo inequívoco del estrés provocado por vivir en departamentos tan pequeños. Porque hacemos mucho ruido al subir las bolsas del super, porque el gato está en el pasillo y la señora es alérgica, porque dejamos la carriola en la entrada de la casa y le da mal aspecto al conjunto, porque la planta está quince centímetros a un lado de las escaleras y se ve mal, o por lo que se les ocurriera. Se trata de un edificio nuevo, pero evidentemente clasemediero –cualquier cosa que signifique a estas alturas de la situación económica del país-. Alguna vez le comentábamos a Carlos de la Sierra que nuestros vecinos creían vivir en Las Lomas, la zona residencial exclusiva por excelencia, en virtud de sus exigencias en las formas (y resultó que una de sus amigas presentes durante la charla en efecto vivía en Lomas, ¡plop!).
La última, la proverbial ‘gota que derramó el vaso’, tuvo que ver con mi interacción con la tecnología y la manera en la que esta me ha condicionado. Me explico:

La dinámica impuesta para sacar los autos del lugar del estacionamiento es intercambiar con los vecinos copia de las llaves para moverlos según el orden en el que queden guardados. Para que podamos salir de la cochera que nos toca, es necesario mover el auto que tenemos enfrente. En lo personal esta operación suele ser incómoda, ya que no me gusta manejar naves ajenas, y menos con las maniobras que suelen hacerse para evitar rayar la superficie de los mismos contra las paredes u otros coches. A veces dejamos que el coche del vecino se quede en nuestro lugar, pues a menudo llegamos tarde o salimos de casa más temprano que ellos y así evitamos efectuar esta clase de movimientos. En los cuatro meses que llevamos con el auto, el vecino en turno –a quien apodo El Simpson- se había quejado de que no podía abrirlo porque se accionaba la alarma, o porque el área que quedaba entre la puerta del conductor y la pared era tan estrecha que no cabía o no podía abatirla. Nuestra respuesta era básicamente la misma: que se metiera del lado del copiloto, eso lo hacen todos, nosotros mismos inclusive. Ante su insistencia llegamos a pensar que tal vez no deseaba realizar aquella tarea tan incómoda pero necesaria por decidia, o simplemente no sabía como hacerlo. Después de tanto tiempo y quejas por ambos lados, ayer por la noche se presentó su esposa para devolverme mis llaves y exigir que le devolviera las suyas, ya que era imposible seguir batallando con nosotros, tachándonos de inflexibles. El Simpson aguardaba a metro y medio detrás de ella, recargado en la pared, decidido a no hablar conmigo. Parecía furioso. La discusión que siguió se acaloró, al grado que intervino el administrador, el paciente e ingenioso Agustín.

En este punto debo aclarar algo muy importante. El auto abre sus puertas y cajuela con el control remoto, una cajita negra con un LED rojo adjunta a la llave de ignición. Acostumbrados a utilizarla todos los días, nunca nos habíamos visto en la necesidad de usar ‘la llave’, el objeto físico, para entrar en el vehículo. Sin embargo este punto no sería trascendente de no ser por un pequeño detalle: la puerta del lado del copiloto no tiene cerradura. Por esta razón, armado solamente con ‘la llave’, El Simpson no podía abrir la puerta del copiloto, y diariamente, durante cuatro meses, contorsionó su flácido cuerpo para poder llegar hasta la otra puerta. Al momento de descubrirlo, con Agustín, el Simpson y su esposa presentes, mi primera reacción fue de sorpresa y vergüenza por ignorar este pequeño pero significativo detalle sobre mi auto; en realidad nunca se me había ocurrido usar aquella ruta, mi paradigma se había venido abajo. Pero de inmediato me hizo gracia y no me quedó otra mas que ofrecer disculpas con mi mejor sonrisa. Pero el daño estaba hecho. El Simpson quería sus llaves de vuelta, no habría segunda oportunidad. Intentó, en una actitud mas bien pueril, hacer mofa de la situación ‘¡No puedo creer que NO CONOZCAS tu coche, TU PROPIO COCHE!’, dijo haciendo aspavientos con una mezcla de ironía y sarcasmo, como si hubiera cometido alguna falta moral o mi virilidad hubiera sido puesta en duda. Yo me reí por su reacción, la situación parecía absurda. En materia de MI PROPIO auto, a veces ignoro como detener el limpiaparabrisas. Tras un instante lo que pregunté a fue contundente: ¿Por qué no me lo habían mencionado antes? “De haberlo sabido le quito la alarma y se hubieran evitado molestias”. El silencio fue su mejor respuesta. Meses arrastrándose contra la pared, maldiciendo contra nosotros, empezando su día laboral con un humor de los mil diablos porque sus vecinos eran unos desconsiderados. Este caso debería planteárselo a los fabricantes de mi nave, famosa empresa española.

Nos mudaremos nuevamente, ya empezamos a buscar sitios candidatos. Cualquier persona que viva en esta clase de conjuntos departamentales sabe que los riesgos de la convivencia son los mismos en cualquier lado. Aquí, simplemente, fueron demasiados para un solo punto geográfico, y por alguna extraña razón todos han sido, en mayor o menor medida, bastante ridículos. Y yo que pensaba que se quejarían de las fiestas o el olor a yerba.

PD
La noticia de la partida de Rodrigo ha conmocionado la oficina y la comunidad TdQ. Estoy seguro que está en su mejor momento, y esto representa para él una gran oportunidad. Salud.

foto googleada: electric car key